La Campana de San Mateo

(vista desde el camín de Rescureda)


                    María Fernández en el registro, Manuela para los demás, regresó a sus orígenes desde Cuba recién perdida la colonia. Debió ser emocionante encontrarse de nuevo en Torió; tanto que, una vez allí, compró una campana para la capilla de San Blas, que carecía de ella. Fundida en bronce para ser escuchada, quedó un día en silencio, arruinado su soporte por el fuego de la guerra civil, y olvidada en una casa de Sotu Cangues. Con el tiempo la vida de Manuela quedó ligada a Santianes, a un hombre, a Manuel Fernández, campesino, carpintero, cantero, un artesano de la vida. Manuela viajó en el correo de Ponga hasta Cangues y caminando hasta Sotu. Con el permiso del párroco, la trajo envuelta en un saco hasta Santianes. Sus motivaciones, de lo más pragmáticas; San Blas no tenía capilla y San Mateo no tenía campana. La puedo imaginar cruzando la puente con el saco al hombro, el Sella rugiendo bajo sus pisadas. Corrían los años cuarenta. La campana recobró su voz para seguir repicando en bautizos y misas de difunto, algún cabo de año y fiestas de San Mateo. Tuvo que ser un artista autodidacta, Manuel Fernández, creyente a su modo, quien se encargara de colocarla en la espadaña. Más de cien años desde su fundición, un siglo sobreviviendo a todos los avatares de la vida, fríos, agua, nieve y una guerra, su sonido no se resquebrajó, sigue sonando igual de bien. Y esta es, en resumidas cuentas, la historia que quería contar, la historia de nuestra campana.
                     Manuela no pudo leer el PGOU de Parres; es posible que no lo hubiera entendido y eso que sabía leer. Entre siembras, esbillar y andar a la herba, se empeñó en que sus nietos fueran a la escuela; como mínimo, leer, escribir y las cuatro reglas. No, no creo que lo hubiera entendido, cómo un pueblo puede dejar de serlo, incluida su capilla, su espadaña y su campana, libre, sin saco que la oculte.
                    Ahora parece ser que se paraliza el PGOU. Se han salvado grandes urbanizaciones, tal vez se salven puestos de trabajo, apartamento, hoteles y hasta campos de golf, pero sobre todo, lo que más importante, sería que se derogara también el convenio con la confederación, que se salvara esta espadaña y su campana, y que siga sonando, que suene por lo menos otros cien años.

(Fotografía y texto de "Paco")